sábado, 28 de junio de 2014

Para ti, ¿QUIÉN SOY YO?


Solemnidad de San Pedro y San Pablo

De la segunda carta a Timoteo 4, 6 - 8. 17 - 18.
Querido hermano:
Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.
El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Evangelio según san Mateo, 16, 13 - 19.
En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
— ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?
Ellos contestaron:
— Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o    uno de los profetas.
Él les preguntó:
— Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» 
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
—Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
 Jesús le respondió:
— ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.»
 

Muy temprano estaba ya el discípulo junto a la gruta de ermitaño para compartir con él la oración de la mañana.

- ¿Es que no duermes por las noches? ¿A qué hora te levantas?, dijo el anciano a guisa de saludo.

- Buenos días, Maestro. En verano los domingos, y solo los domingos, me levanto a las cuatro o un poco antes, y en invierno alrededor de las cinco, pero como amanece más tarde me cuesta mucho más.
- ¡Ya tiene mérito, ya! ¡Que Dios te bendiga. Y, si te parece entramos ya en materia, porque el tema que nos ofrece la liturgia de hoy es fascinante.

- ¿Te refieres a la solemnidad de San Pedro y San Pablo? preguntó el discípulo.
- Son los dos grandes pilares de la Iglesia, Pedro y Pablo, Probablemente también los demás apóstoles hicieron una ingente labor de evangelización, pero al no dejar testimonio escrito, quedan un poco más en la penumbra. Hay documentos y testimonios de otros apóstoles pero, aunque importantes como las cartas apostólicas de Juan y de Santiago con grande contenido teológico, sus figuras tienen menos impacto que las de Pedro, quién recibió la primacía "primus inter pares" del mismo Jesús y Pablo que convertido del judaísmo más integrista se proclamó "apóstol de los gentiles" llevando la verdad del evangelio a todo el mundo entonces conocido. Estos dos, juntamente con Santiago el Mayor en Compostela, permanecen vivos en la memoria al estar enterrados en sendas basílicas que ofrecen a los cristianos la posibilidad de recodarlos y venerarlos. De los demás apenas quedan leyendas más o menos piadosas pero carentes de fundamento histórico. San Juan fue enterrado en la grandiosa basílica a él dedicada en Éfeso, pero hoy tan solo quedan ruinas y el lugar donde estuvo, y ya no está, su cuerpo.

Se decía que el apóstol Felipe fue enterrado en Hierápolis, hoy Pamukkale; parece ser que hace unos dos años aproximadamente localizaron sus restos, - sesudos arqueólogos y científicos así lo aseguran - pero al encontrarse en territorios de fe exclusivamente musulmana, aunque bastante tolerante, es difícil rendirles "in situ" el culto que se merecen.
- Maestro, ¿tú has estado por allí?

- Si, he estado en Santiago de Compostela, y el Roma he visitado las basílicas de San Pedro en el Vaticano y de San Pablo "extra-muros" en la via Ostiense, ...

- Me refería sobre todo a Éfeso y a Hierápolis.
- Sí, también he estado varias veces en dichas ciudades y en otras muchas de las actuales Turquía, Siria y Jordania, además de Israel y parte de Egipto, y se te estalla de dolor el corazón al contemplar a qué han quedado reducidos tantos siglos de presencia cristiana; lugares e iglesias  donde se configuró realmente la Iglesia de Jesucristo  en los primeros siglos de su historia. Quedan algunos montones de escombros y nada más.

Hemos divagado demasiado. Volvamos a los personajes - santos - que hoy nos convocan: Pedro y Pablo. Proceden de lugares, estamentos y hasta culturas diferentes:
* Pedro, era galileo, pescador, se supone que de origen humilde, bregaba día y noche para llevar el sustento a su familia. Probablemente nunca había salido de Cafarnaun y alrededores, salvo, quizás, alguna escapada a Jerusalén para la fiesta de pascua o la de los tabernáculos. Llegó a Jesús por seducción: estaba pescando con su hermano Andrés cuando pasó Jesús por allí y les propuso que le siguieran. Quedaron tan impactados con aquella invitación que lo dejaron todo y lo siguieron.

* Pablo, procedía de la diáspora, de Tarso en la Asia Menor. Su padre, rico comerciante, había conseguido para sí y para su familia el honor de la ciudadanía romana que era todo un privilegio. De joven se trasladó a Jerusalén para estudiar en la prestigiosa escuela de Gamaliel. No fue seducido por Jesús, sino vencido por él. Joven inquieto e impetuoso declaró la guerra a Jesús y a sus seguidores, y fue vencido por Jesús cuando se dirigía a Damasco para martirizar a los discípulos del Señor como ya había hecho en Jerusalén con el diácono Esteban. Derribado del caballo, mordió el polvo, y honrado como era, reconociendo su derrota, se puso totalmente y sin ambages al servicio de su nuevo Señor que le había vencido en tan singular batalla.
De distintas procedencias, por caminos diferentes, a veces enfrentados como nos cuenta el mismo Pablo: "Ahora bien, cuando llegó Cefas a Antioquía, tuve que encararme con él, porque era reprensible. En efecto, antes de que llegaran algunos de parte de Santiago, comía con los gentiles; pero cuando llegaron aquellos, se fue retirando y apartando por miedo a los de la circuncisión" (Gal. 2, 11 - 12), los dos convergían en un mismo punto: servir al Señor Jesús y anunciar su verdad asumiendo todas las  consecuencias.

Pedro lo manifiesta en el evangelio que se proclama hoy. Tengo no obstante la impresión, y que me perdonen los que saben, que esa confesión por parte de Pedro de la divinidad de Jesús está reelaborada a partir de la experiencia de la resurrección; en aquel momento era prematura. Así que voy a tomarme la licencia, llevado más por la fantasía que por la razón de reescribir este párrafo:
Les pregunta Jesús:

- Y para vosotros, al margen de dimes y diretes, de definiciones profundas y sesudas, para vosotros, ¿quién soy?
- Para nosotros - contesta Pedro - para nosotros tú lo eres todo, eres como Moisés para  Josué y para el pueblo de Israel, eres como el profeta Elías para Eliseo, para nosotros tu eres como un dios, ¿no ves que lo hemos dejado todo y te hemos seguido? (Mt. 19, 27). Y lo han seguido hasta la muerte y, en el caso de Pedro, muerte en cruz.

Pablo lo describe con todo realismo en la carta a Timoteo que la liturgia proclama hoy: "Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida"; lo cierto es que los dos, después de haber desgastado sus vidas en anunciar el evangelio, derramaron su sangre - según la tradición el mismo día - en testimonio de su fe en Jesucristo Resucitado.
Para terminar, quisiera formular dos preguntas:

1ª - ¿Qué contestaría yo si Jesús me preguntara - de hecho me lo pregunta cada día - ¿quién soy yo para ti? ¿qué experiencia tienes de mi persona, de mi amor, de mi ternura? ¿qué espacio ocupo yo en tu vida, en tu corazón, en tu persona?
2ª - ¿Cuando llegue el momento podré yo decir abiertamente como Pablo: "He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe"?

- ¡Ojalá! dijo el discípulo.

- ¡Dios lo quiera! respondió el ermitaño.

 

sábado, 21 de junio de 2014

CORPUS, FIESTA DE LA EUCARISTÍA



Solemnidad del Corpus Christi. A


 
Evangelio según san Juan, 6, 51 - 58.

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
 
- Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.  Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
 
Disputaban los judíos entre sí:
 
- ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?
 
Entonces Jesús les dijo:
 
- Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.  El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.  El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.  El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
 
Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»
 

Mañana del Corpus. Mañana del Corpus en aquella región, pues en otras y en muchas partes del mundo el Corpus se había celebrado el jueves anterior, como sería de precepto si los calendarios políticos y laborales no lo impidieran. Pero las cosas son como son y hay que aceptarlas como vienen.
Como sucedía últimamente en las fiestas con grande raigambre popular, el discípulo no subió a encontrarse con el anacoreta, porque cada vez se hacía más imprescindible su presencia al lado de su anciano párroco - que atendía, además a varios pueblos - para atender a los feligreses, organizar y dirigir la procesión del Corpus.
El ermitaño salió afuera, colocó una maceta - de hecho se trataba de un pequeño tronco de árbol, que él había ahuecado y llenado del humus que abundaba por aquellos parajes  - con un geranio totalmente florecido en el poyo del discípulo y, como de este se tratara, empezó su reflexión.
- Como sabes, parte de la Iglesia celebra hoy la Solemnidad del Corpus Christi. Es un día dedicado especialmente a la Santísima Eucaristía.
Estás pensando que, además de celebrarlo cada domingo y hasta cada día, lo hemos vivido con especial intensidad el jueves santo, y es verdad, pero la fiesta de hoy tiene un matiz propio y diferencial. Me explicaré.
El jueves santo hemos recordado y revivido lo sucedido en el cenáculo de Jerusalén. El apóstol Pablo lo narra de la siguiente manera: "Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía». Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva (1ªCor. 11, 23 - 26). Se trataba de una cena, un banquete de comunión, una celebración de amigos, pero era también preludio y anticipo de lo que sucedería los días siguientes: pasión, muerte y resurrección; por lo que Eucaristía es, a la vez, banquete, sacrificio y gloria.
Aquel día celebrábamos la Eucaristía como don, como regalo; quedábamos extasiados ante tanta generosidad, solo posible en el corazón y en la mente de Dios, un Dios que se sacrifica para rescatar al hombre y al mismo tiempo se entrega en alimento para que, a partir de entonces, no desfallezca, no muera de inanición, como dice Pablo: "Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?" (Rom. 8, 31) o, dicho de otra manera, "Si Dios está con nosotros ¿quién nos podrá? ¿quién nos derribará?". Pero Jesús va más - mucho más - lejos todavía: no le parecía suficiente aquel banquete/sacrificio/gloria de aquellos días, sino que nos mandó que lo reviviéramos cada día a lo largo de los tiempos: "haced esto en conmemoración mía".
Si aquel día celebrábamos la Eucaristía como don, como regalo, hoy lo celebramos como respuesta, como agradecimiento, como adoración, como alabanza. Hoy los cristianos rendimos culto, agradecemos y adoramos al Señor Jesús que ha quedado permanentemente con nosotros como oculto bajo las apariencias de pan y de vino. Hoy lo procesionamos por nuestras calles y caminos, por nuestras ciudades, villas, pueblos y aldeas para aclamarlo, para manifestarle nuestra devoción, cariño y gratitud y para sintonizar nuestra vida con su Amor. Entonces era una acción descendiente: Dios 6 hombre, hoy es ascendiente: hombre 6 Dios. Entonces celebrábamos el regalo de Dios, hoy miramos a Dios y agradecemos su entrega total y definitiva en el cenáculo en la cruz y en la resurrección.
Pero la Iglesia hoy nos pide algo más: que manifestemos nuestro agradecimiento con gestos. Sobre esto, amigo mío, no voy a alargarme demasiado, porque conoces muy bien la situación. Siempre, y hoy más que nunca, hay pobres entre nosotros, hay pobres en el mundo, y no podemos quedar de brazos cruzados contemplando el panorama. El amor de Cristo nos impele a amar - y socorrer - al hermano necesitado. Jesús nos lo dejó muy claro: "os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros" (Jn. 13, 34). Tengamos presente el parámetro que el Señor utilizará para acogernos - o no - en su reino: tuve hambre y me diste de comer, sed y me diste de beber, fui forastero, inmigrante, transeúnte y me atendiste, etc., porque cuando lo hiciste con ese pobre hombre que se cruzó en tu camino, conmigo lo hiciste. (cfr. Mt. 25, 31 - 46).
En definitiva, amigo mío, vacía y estéril sería hoy nuestra acción de gracias y nuestra alabanza a Jesús Eucaristía si no va acompañada de gestos de compasión y solidaridad hacia nuestros hermanos necesitados.
Hoy, día del Corpus, es el Día de Caridad.
De rodillas y mirando al horizonte el ermitaño recitó a media voz y muy pausadamente la oración de Santo Tomás de Aquino:


 Adóro te, devóte, latens déitas,
quæ sub his figúris vere latitas.
Tibi se cor meum totum súbiicit,
quia te contémplans totum déficit.
Te adoro con devoción, Dios escondido,
oculto verdaderamente bajo estas apariencias.
A ti se somete mi corazón por completo,
y se rinde totalmente al contemplarte.
 
Visus, tactus, gustus in te fállitur,
sed audítu solo tuto créditur;
credo quidquid dixit Dei Fílius:
nil hoc verbo veritátis vérius.
 
 
Al juzgar de ti se equivocan
la vista, el tacto, el gusto,
pero basta con el oído para creer con firmeza;
creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios;
nada es más verdadero que esta palabra de verdad.
 
In Cruce latébat sola déitas,
at hic latet simul et humánitas;
ambo tamen credens atque cónfitens,
peto quod petívit latro poenitens
En la cruz se escondía sólo la divinidad,
pero aquí también se esconde la humanidad;
creo y confieso ambas cosas,
y pido lo que pidió el ladrón arrepentido.
 
Plagas, sicut Thómas, non intúeor,
Deum tamen meum te confíteor;
fac me tibi semper magis crédere,
in te spem habére, te dilígere.
No veo las llagas como las vio Tomás,
pero confieso que eres mi Dios;
haz que yo crea más y más en ti,
que en ti espere, que te ame.
 
O memoriále mortis Dómini!
Panis vivus, vitam præstans hómini;
præsta meæ menti de te vívere,
et te illi semper dulce sápere.
¡Oh memorial de la muerte del Señor!
Pan vivo que da la vida al hombre;
concédele a mi alma que de ti viva,
y que siempre saboree tu dulzura.
 
Pie pellicáne, Iesu Dómine,
me immúndum munda tuo sánguine:
cuius una stilla salvum fácere
totum mundum quit ab omni sælere.
Señor Jesús, bondadoso pelícano,
límpiame, a mí, inmundo, con tu sangre,
de la que una sola gota puede liberar
de todos los crímenes al mundo entero.
 
Iesu, quem velátum nunc aspício,
oro, fiat illud quod tam sítio;
ut te reveláta cernens fácie,
visu sim beátus tuæ gloriæ.
 Amen.
Jesús, a quien ahora veo escondido,
te ruego que se cumpla lo que tanto ansío:
que al mirar tu rostro ya no oculto,
 sea yo feliz viendo tu gloria.
Amén.

 

sábado, 14 de junio de 2014

TRINIDAD = AMOR



Solemnidad de la Santísima Trinidad - A

 


Evangelio según san Juan, 3, 16 - 18.

 Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
 El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.   
 
 Era muy temprano cuando el ermitaño salió de su cueva para desentumecer con algunos ejercicios sus extremidades. La temperatura era agradable tirando; se presagiaba, no obstante, una jornada calurosa.
 En seguida llegó el discípulo, ágil y jovial como casi siempre. Después de los saludos y de una breve oración en común se sentaron en el lugar de costumbre.
 
- Maestro, con la solemnidad de este día y el dogma que celebramos estamos tocando el alma de nuestra fe, ¿verdad?
- Pues sí, estamos tocando la esencia de Dios: Dios Uno y Dios Trino, tres personas y un solo Dios. Debo confesar que es el dogma que más me turba ...
- ¿Te turba, Maestro?
 
- Si, me turba; justamente porque toca el alma de nuestra fe, toca también sus fibras más sensibles. Ha sido uno de los temas que más concilios ha convocado a lo largo de la historia, y que más cismas ha provocado en la Iglesia de Jesucristo. Precisamente por la importancia del contenido se ha intentado definir con la mayor precisión posible, y esto, tratándose de las cosas de Dios, no siempre resulta posible. Recordemos el término "filioque", hoy en vías de solución, que, con algunos otros que se han ido acumulando a lo largo de los siglos, han separado a la Iglesia Católica de las Iglesias Ortodoxas.
- ¿Filioque?
- Si. filioque. Hay que matizar que detrás de este término hay mucho contenido. Intentaré explicártelo brevemente. Desde hace muchos siglos la iglesia latina proclama en el Credo: "(credo) in Spiritum Sanctum, Dominum et vivificantem: qui ex Patre Filioque procedit. Qui cum Patre et Filio simul adoratur et conglorificatur"; "Creo en el Espíritu Santo,  Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo  recibe una misma adoración y gloria". mientras que los orientales proclaman: "Credo in Spiritum Sanctum qui ex Patre per Filium procedit" (Creo en el Espíritu Santo, que procede del Padre a través de Hijo).
Como puedes ver la diferencia es de una sola palabra, pero el contenido es de grande calado: mientras nosotros afirmamos que el Espíritu Santo procede igualmente del Padre y del Hijo, los orientales confiesan que el Espíritu procede solo del Padre y nos llega a través del Hijo. De esta manera el Hijo es tan solo un medio, un instrumento del que se sirve el Padre para darnos su Espíritu.
Pero como no soy teólogo todas estas disquisiciones, que reconozco como muy importantes, me turban. Como no nos oye ningún teólogo y espero que no lo cuentes a la Santa Inquisición, yo me pondría al lado de Guillermo de Occam y diría que ante la imposibilidad de comprender intelectualmente la naturaleza divina, postulo que la  aceptemos simplemente a través de la fe, sin más especulaciones.
Como reflexión personal yo veo la Trinidad como las varias manifestaciones de Dios a los hombres. Manifestaciones que hace no por juego, pues no juega al escondite con nosotros, sino por amor.
* Dios Padre Creador. Por Amor al hombre, fin último y primario de toda la creación, creó Dios el universo entero, como el pajarillo que cuidadosamente prepara el nido donde nacerán y crecerán sus polluelos.

* Dios, Hijo, Jesucristo. Por amor, "cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial" (Gal. 4, 4 - 5).
* Dios Espíritu Santo. Estando los apóstoles encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos, sin saber qué hacer y sin perspectivas de futuro, acompañados por la tierna presencia de María, la Madre de Jesús, entra el Espíritu Santo, como fuego, como fuerza, como viento recio (cfr. Hech. 2, 1 - 4), y los impulsa a abrir las puertas, a proclamar a todos que ha empezado un nuevo tiempo, una nueva era y a ponerse en marcha por caminos y senderos, cruzar mares y montañas para llevar la buena nueva a todo el mundo entonces conocido.
Pero esto es mucho más que historia: es realidad,  es presencia, es cotidianidad:
Dios Padre sigue creando. ¿Cuántas estrellas nuevas surgen cada día? ¿Cuántas constelaciones se configuran en el macrocosmos? ¿Cuántas pequeñas moléculas aparecen en el mundo? ¿Cuántos hombres nacen y cuántos mueren? Nada de esto es ajeno a la mano creadora del Padre.
Dios Hijo sigue salvando. ¿Cuántos de nosotros sentimos que Jesús nos salva cada día? ¿Cuántos hombres y mujeres descubren de manera fortuita e inesperada la persona de Jesús, y sus vidas sufren un cambio de 180 grados, alcanzando una felicidad que desconocían?

El Espíritu sigue actuando. ¿Cuántos hombres y mujeres, hoy día, impelidos por el Espíritu, han puesto sus vidas al servicio de Dios y de los hombres, para anunciar, atender, cuidar y santificar a los hermanos?
Sí, amigo mío, creemos en un Dios Único e indivisible, pero que a lo largo de la historia y de la eternidad se ha manifestado de muchas maneras para hacer reconocible y eficaz su amor para con nosotros.
Después de unos minutos de reflexión y de rezar laudes dijo el ermitaño:
- Te voy a dar un dibujo que de manera esquemática resume las tres personas de la Santísima Trinidad y la relación entre ellas. Me pareció simpático.
 

 

sábado, 1 de febrero de 2014

LUZ PARA LAS NACIONES


FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
2 de Febrero


Evangelio según san Lucas,  2,  22 – 40.


Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor»”, y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él.  Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor.  Impulsado por el Espíritu, fue al templo.

Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:

- “Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz. 
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.

Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.

Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre:

- “Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones.  Y a ti, una espada te traspasará el alma”. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser.  Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones.  Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.

Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.

El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.



- Es la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo a los cuarenta días de su nacimiento y también  el memorial de la liturgia de la Purificación de la Virgen María.

- Pero, ¿eran verdaderamente necesarios, en el caso de Jesús y de María, la celebración de estos rituales? Preguntó el discípulo.

- Has tirado directamente a puerta o, si prefieres, has ido directamente al grano, y si tengo que ser igual de escueto en la respuesta te diré, “no era en absoluto necesario ni el uno ni el otro de los ritos: Jesús era – y es – el Hijo de Dios y no existe mayor consagración que esta y la Virgen María no conoció ninguna impureza ni siquiera en su propia concepción y mucho menos al concebir y al alumbrar al Hijo ünico de Dios, por lo que, repito ni Jesús debía ser consagrado al Señor ni María necesitaba ninguna purificación.

- ¿Entonces, Maestro?

- ¿Acaso puedes encontrar algúna respuesta lógica en el misterio de la salvación? ¿Acaso tiene lógica que el Verbo que habitaba en seno del Padre desde el principios de los tiempos un día se hiciera carne y viniera a habitar entre nosotros y que, además, viniendo a su casa, los suyos no le recibieran? (cfr. Jn. 1, 1 – 18).

Todo esto hay que verlo desde dos perspectivas: perspectiva general y perspectiva particular.

Perpectiva general. Desde  el inicio de su existencia como ser libre e independiente el hombre andaba perdido y Dios, por iniciativa suya – pura gratuidad – salió a su encuentro no para reconducirlo a Dios, sino para enseñarle el camino del regreso. Y, como todos sabemos, le costó muy caro pues “ presentándose como simple hombre, se abajó, obedeciendo hasta la muerte, y muerte en cruz” (Fil. 2, 7 – 8) ¿y todo esto, por qué? Por Amor, y el amor no entiende de lógicas ni de intereses, de ganancias ni de pérdidas, o como dice San Pablo : “el amor … disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites” (1Cor. 13, 7).

Perspectiva particular. ¿Por qué se sometieron Jesús y María a estos rituales? Hay que tener en cuenta la afirmación de Jesús: “No creáis que he venido a abolir a Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud” (Mt. 5, 17). Por eso Jesús era un judío observante y cumplidor de la Ley de Moisés: iba a la sinagoga los sábados  (Cfr. Lc. 4, 16), subía a Jerusalén a celebrar la Pascua (Cfr., p. ej. Jn. 2, 13), y hasta pagaba el impuesto de las dos dracmas al templo, aunque esto lo hiciera con cierta sorna y para que no se escandalizaran los demás (cfr. Mt. 17, 24 – 27). Obedecía a la Ley cuando era positiva o indiferente. No obstante la sacó de su literalidad – cosa que todavía hoy anima a muchos judíos – y la llevó a otro nivel en el sermón de la montaña cuanto enseñó: ”habéis oído que se dijo … pero yo os digo…” (Cfr. Mt. 5, 21 – 48) y la elevó a su plenitud en la última cena cuando “sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn. 13, 1) y después de haber lavado los pies a sus discípulos en un gesto de humilde servicio les manifestó: “os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros” (Jn. 13, 34 – 35).

- Resumiendo, Maestro …


- Resumiendo yo diría que, si bien Jesús y María no estaban necesitados de estos ritos que hoy celebramos lo hicieron por obediencia a la voluntad misteriosa del Padre; en el programa del Mesías no estaba una ruptura o enfrentamiento con el pueblo judío y su Ley, sino, desde dentro, llevar esa Ley, anquilosada por los años y por las muchas y no siempre desinteresadas interpretaciones, a la plenitud del Amor en la Libertad.

sábado, 11 de enero de 2014

MI HIJO


Fiesta del bautismo del Señor.



Evangelio según san Mateo,  3, 13‑17

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole:

‑ «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?»

Jesús le contestó:

‑ «Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere. »

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía:

‑ «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.»






- Buenos días, Maestro, dijo el discípulo al llegar.

- Buenos días, amigo mío, respondió el ermitaño que, sin inmutarse, seguía atizando el fuego.

Como veía que el Maestro no arrancaba el joven continuó:

- La Iglesia celebra hoy la fiesta del Bautismo del Señor; es un día adecuado para recordar nuestro bautismo y las promesas en él realizadas.

- Todos los días son propicios para recordar nuestro bautismo y actualizar las promesas hechas, pero entiendo que hoy no más que otros días. Personalmente creo que  a la mayoría de predicadores que aprovecharán el día de hoy para hablar del bautismo cristiano no les falta razón y buena fe, pero están haciendo una transición demasiado ambigua, como la de “San José era carpintero …”

- ¿Qué es eso de San José era carpintero? No entiendo.

- Es un chiste sin gracia. Cuéntase de un sacerdote, santo varón, cuyas homilías eran monotemáticas; fuese cual fuera  el tema del día siempre iba a parar a la confesión. Cuando llegó la fiesta de San José empezó así su predicación: “Queridos hermanos, celebramos hoy la fiesta de San José; como sabéis San José era carpintero, y los carpinteros construyen, entre otras cosas, confesionarios. Pues como San José era carpintero y los carpinteros construyen confesionarios, voy hablaros hoy de la confesión …”

El joven sonrió sin mucho entusiasmo, y el ermitaño continuó:

- Hay momentos más  apropiados para recordar el propio bautismo y renovar las promesas bautismales. De manera solemne lo hacemos en la Vigilia Pascual, y manera privada sería recomendable que lo hiciéramos en el aniversario de nuestro bautismo.

- Pero, ¿no hay ningún paralelismo entre el bautismo de Jesús y nuestro propio bautismo?

- Alguno hay; la materia utilizada: “agua” y un hecho temporal: “inicio de una nueva vida y el cumplimiento de una nueva misión”. Intentaré explicarme  reflexionando sobre tres tipos de bautismos: el nuestro, de los cristianos; el de Juan Bautista en el Jordán y el de Jesús, que utiliza el de Juan tan solo como pretexto para algo mucho más trascendental.

Bautismo cristiano. Recuerdo todavía la definición que memoricé cuando niño y que creo muy completa: “el bautismo es el sacramento por el cual se nos perdonan los pecados, nos hacemos hijos de Dios y miembros de la Iglesia”. Sin entrar en explicar cada una de estas afirmaciones, lo cierto es que el bautismo nos transforma, significa un nuevo nacimiento en Cristo -  y con Cristo - de Dios y en una nueva familia: la Iglesia. Lo dijo muy claramente Jesús a Nicodemo. “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios,el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Jn. 3, 3 – 5).

Me gusta poner un ejemplo, pero es imprescindible una  aclaración. Con el Bautismo nos injertamos en Cristo. Y ¿qué es injertar? Tú lo sabes bien, se trata de introducir o insertar un par de tronquitos de ramas que contengan alguna yema para poder brotar (llamadas púas) en un patrón o árbol preexistente, generalmente borde, para que soldándose surja un nuevo árbol de buena calidad y que, alimentado con la savia del patrón, dé buenos y adecuados frutos. Resulta evidente que biológicamente son dos realidades diferentes: patrón y púas, pero de hecho constituyen un solo árbol, dando frutos buenos y abundantes.

- ¿Y cual sería la aclaración imprescindible?

- Tú eres un hombre de campo y lo sabes. En los injertos corrientes se eligen unos patrones fuertes pero bordes y unas púas de muy buena calidad para que el árbol resultante sea de buena clase. Ahora bien en el bautismo el patrón o tronco que es Cristo no solo es fuerte sino de la máxima calidad y, por el contrario, las púas injertadas, es decir, nosotros, somos tan solo unos vástagos bordes que deambulábamos por el mundo. Pero es tan fuerte la savia y la vitalidad que el tronco nos transmite que nos transforma, nos hace valientes, útiles, necesarios y hasta imprescindibles para realizar la misión encomendada. Pablo lo define de manera muy palmaria: “Yo vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quién vive en mi” /Gál. 2, 20). Podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que el bautismo nos da una nueva esencia y una nueva identidad.

Bautismo de Juan. El Bautista tenía una misión: preparar el pueblo o, por lo menos, un grupo de buena gente dispuesta a recibir al Mesías. Para ello predicaba a orillas del Jordán y les indicaba una ética de comportamiento o una nueva moral: “El que tenga dos túnicas que comparta con el que no tiene, y el que tenga comida, haga lo mismo” (Lc. 3, 10). A los publicanos les decía: “no exijáis más de lo establecido” (v 13) y a los soldados: “no hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga” (v. 14). A los que renunciaban a su vida anterior y asumían estos nuevos principios, Juan los bautizaba y los recibía en ese nuevo pueblo dispuesto a acoger al Mesías. El bautismo de Juan era pues un rito iniciático que no cambiaba ni la esencia ni la identidad de los bautizados, sino que exteriorizaba su compromiso de cambiar de actitud y su pertenencia a los seguidores de Juan.

Bautismo de Jesús. Resulta evidente que el bautismo de Jesús, aunque realizado en el marco del bautismo de Juan, es esencialmente distinto: ni tenía pecados para confesar, ni tenía que cambiar de actitud, ni tenía que preparar la llegada del Mesías; Él era el Mesías.

A mí me surgen dos preguntas, a las que intentaré encontrar una respuesta.

- Te escucho, Maestro.

- ¿Por qué fue Jesús a bautizarse?  Interpreto que esta es una de las grandes teofanías o presentaciones de Jesús, como Mesías, como Rey y como Hijo de Dios. Dios habla a los hombres, a cada cual en su propio lenguaje. A los pastores, hombres hartos de trabajo y pobres de cultura se le aparecen ángeles del cielo diciendo: “no temáis, os anuncio una buena noticia, que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc. 2, 10 – 11); mensaje sobrenatural, llevado por ángeles, pero sencillo y muy claro. A los magos, hombres de ciencia expertos en astronomía, les habla a través de las estrellas: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo” (Mt. 2, 2). Cuando llega el momento de iniciar su ministerio público a orillas del Jordán hay ya un pequeño grupo – el resto de Israel - dispuesto a recibirlo, y allí va Jesús para ser presentado no por Juan Bautista, que sí, lo ha reconocido, sino por el mismísimo Padre Eterno: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto». Es pues el Padre quién presenta a Jesús, su hijo amado y predilecto, al pueblo de Israel que permanece fiel, es decir, el resto. Por eso dice: “Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere”, y lo que estaba en el plan de Dios era presentarlo Él mismo a su pueblo.

La segunda pregunta que me hago es la siguiente: ¿por qué se puso Jesús en fila en medio de la muchedumbre?  Mateo no subraya este detalle, pero Lucas sí: “En un bautismo general, - escribe - también Jesús se bautizó” (Lc. 3, 21). Hay una razón lógica ya expresada: era precisamente a ese pueblo a quién el Padre iba a presentarle. Y hay otra razón de menos calado pero muy de moda: Jesús, el buen pastor, ha querido oler a oveja desde el principio de su vida pública.