martes, 2 de mayo de 2017

Él va delante


Cuarto Domingo de Pascua A

Evangelio según san Juan, 10, 1 - 10.
En aquel tiempo, dijo Jesús:
- Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
- Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.


Aquella mañana, sentados cada cual en su lugar, estando el ermitaño, como distraído, contemplando el horizonte, le dijo el discípulo:
- Maestro, háblame del Evangelio de hoy, háblame del Buen Pastor.
- Estamos en el cuarto domingo de Pascua - empezó el eremita - y la Iglesia nos presenta cada año la figura del Buen Pastor, catequesis que el evangelista Juan nos narra en el capítulo 10. La narración completa la tendremos a lo largo de los tres ciclos.
 Este año, ciclo A, tenemos los primeros 10 versículos, algo así como el preámbulo a la afirmación central, "YO SOY EL BUEN PASTOR", versículo 11 que retomaremos el próximo año.
La imagen que les propone Jesús en absoluto era desconocida para sus oyentes, pues la figura del pastor estaba muy arraigada en la cultura hebrea.
Algunos datos:
1º - Pastores fueron las grandes patriarcas:
* "Abrahán, era muy rico en ganado, plata y oro (Gn. 13, 2), inclusive se ve obligado a separarse de su sobrino Lot, porque eran tan numerosos los rebaños de ambos que provocaban continuas disputas entre los pastores del uno y del otro (cfr. Gn. 13, 1 - 13).
* Moisés, si bien fue educado en el palacio del faraón en Egipto, también ejerció "pastoreando el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios" (Ex. 3, 1) y allí estaba cuando el Señor se le apareció en la zarza ardiendo conminándole a regresar a Egipto y a liberar el pueblo hebreo allí esclavizado.
* David, el gran rey David, el hijo menor de Jessé estaba cuidando el rebaño, y así lo afirma su padre cuando Samuel, desilusionado por no encontrar entre los siete hijos mayores al elegido del Señor, le pregunta: "¿se acabaron los muchachos?", él le contesta un tanto decepcionado: "queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas" (1ª Sam. 16, 11).
A todo esto hay que añadir que durante cuarenta años los hijos de Israel vagaron por el desierto cuidando sus rebaños, y solo cambiaron a la vida sedentaria cuando, conducidos por Josué, conquistaron la ciudad de Jericó (cfr. Jos. 6, 21) y todo el valle del Jordán.
2º - Además también el término "pastor" en sentido figurado había calado hondamente en la cultura hebrea con dos vertientes bien determinadas:
* por un lado venían reconocidos como "pastores" todos aquellos que dirigían al pueblo de Israel tanto política como religiosamente, y que no siempre vienen citados con palabras halagüeñas.
Ya Moisés cuando pretendía nombrar un lugarteniente que le ayudara y en su día le sustituyera, rezó al Señor diciendo: "Que el Señor, Dios de los espíritus de todos los vivientes, nombre un jefe para la comunidad, uno que salga y entre al frente de ellos, que los lleve en sus entradas y salidas. Que no quede la comunidad del Señor como rebaño sin pastor" (Num. 27, 17).
Pero quizás lo más explícito sea el profeta Ezequiel; todo el capítulo 14 es una alusión  a los pastores de Israel que no apacientan sus ovejas sino que se aprovechan de ellas. Dicho capítulo empieza así: "Hijo de Adán, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza diciéndoles: ¡Pastores!, esto dice el Señor ... " (Ez, 34, 1, ss).
* Pero el auténtico pastor de la casa de Israel, el que mima a su rebaño y no se aprovecha de él es el Señor; este concepto viene manifestado con máximo esplendor en la lírica veterotestamentaria por excelencia que son los salmos. Te cito algunos pasajes:
"Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro,
porque Él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo,
el rebaño que Él guía". (Sal. 95, 7)
"Sabed que el Señor es Dios:
 que Él nos hizo y somos suyos,
 su pueblo y ovejas de su rebaño (Sal. 100, 3)
He dejado para el final, y sé que lo echabas en falta, el más característico y más conocido de todos, oración de confianza que seguimos rezando hoy la mayoría de creyentes: el salmo 23.
"El Señor es mi Pastor, nada me falta:
 en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
 y repara mis fuerzas;
 me guía por el sendero justo,
 por el honor de su nombre.
 Aunque camine por cañadas oscuras,
 nada temo, porque tu vas conmigo:
 tu vara y tu cayado me sosiegan.
 Preparas una mesa ante mí,
 enfrente de mis enemigos;
 me unges la cabeza con perfume,
 y mi copa rebosa.
 Tu bondad y tu misericordia me acompañan
 todos los días de mi vida,
 y habitaré en la casa del Señor
 por años sin término".
Después de un largo silencio dijo el discípulo:
- Una larga introducción, Maestro, pero háblame, aunque sea brevemente, del fragmento del evangelio que leemos este domingo.
- Intentaré ser escueto a partir de ahora. Jesús es el Buen Pastor.
Los insignes biblistas  Juan Mateos y  L. Alonso Schökel, en la "Nueva Biblia Española" traducen esta afirmación como "yo soy el modelo de pastor". Respeto estos dos biblistas y la obra citada me ha acompañado durante muchos años y sigue siendo la que mayormente utilizo en la actualidad pero creo que en este punto no han estado acertados.
Jesús es el modelo de pastor pero aquí está afirmando mucho más que eso: está uniendo el "Yo Soy" del Monte Horeb (Ex. 3, 14) con el pastor del Salmo 23, que traducido a un lenguaje inteligible dice: Yo soy el Dios de Israel, el Dios de vuestros padres, pero no soy un dios déspota, ni terrible, ni lejano; soy un Dios que cuida, mima, protege y, sobre todo, ama a su rebaño, conoce a cada una de sus ovejas y las llama por su nombre.
Solo una cosa más ...
- ¡Adelante! Te escucho, Maestro.
- En el texto que proclamamos hoy una afirmación que me llama poderosamente la atención, por lo inusual de su contenido: "cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas". Digo que es inusual porque la experiencia me indica lo contrario; siempre he visto a los pastores ir detrás del rebaño, controlando que no se quede ninguna rezagada y empujar a las que son lentas. Jesús no es así: Él va delante, abriendo camino, desbrozando el terreno, eliminando obstáculos. Y los que le siguen lo harán en plena libertad, fiándose de Él, siguiendo su voz; nadie los empujará.  Ese "ir delante" encuentra una magnífica interpretación en San Juan: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, ... Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero 1ªJn. 4, 10 . 19).
Él, el Buen Pastor, el Auténtico Pastor, el Único Pastor siempre va delante: Él nos amó primero.

miércoles, 26 de abril de 2017

CAMINO DE EMAÚS


Tercer Domingo de Pascua A.

Evangelio según san Lucas, 24, 13 - 35.
Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo:
- ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:
- ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?
Él les preguntó:
- ¿Qué?
Ellos le contestaron:
- Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.
Entonces Jesús les dijo:
- ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:
-  Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron:
- ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
- Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

El ermitaño miraba al horizonte. El alba invitaba al éxtasis; el sol todavía no despuntaba, pero a  lo lejos, detrás de las montañas, se veía una aureola  entre rojo y amarillo, indicando que el astro rey se disponía a hacer su ronda diaria. La primavera, como la leche en las torrijas, impregnaba toda la naturaleza.
En esto llegó el discípulo, como siempre corriendo, pero al ver en el atrio al Maestro lo saludó de lejos con un gesto y se desvió al manantial a refrescarse y a beber un trago de agua.
Terminados estos rituales y después de los saludos de rigor, cada cual sentado en su lugar fuera de la cueva del anacoreta, dijo el joven:
- Maestro, los encuentros del Resucitado con sus amigos tienen todos un carisma especial; no hay reproches, rezuman ternura y paz, pero veo en este con los discípulos de Emaús un algo más, un plus que no sabría explicar exactamente, ...
- Inténtalo.
- Al exponerlo probablemente lo encorseto demasiado y pierde su encanto, pero lo intentaré: Jesús no se presenta de frente como un maestro en la escuela o un cura en misa, presidiendo o enseñando, sino que se coloca al lado, a la misma altura, mirando al mismo horizonte, no solo hablando sino también escuchando; compañeros de camino, conversando como amigos, yendo hacia un mismo lugar. No tiene prisas, les concede todo el tiempo necesario para enseñarles; acepta hospedarse en su casa y compartir su alimento.
- Todavía nos queda mucho que aprender, dijo el ermitaño.
  Hubo un largo silencio hasta que el joven intervino:
- ¿Maestro, no me dices nada?
- Sí, contestó el ermitaño como despertando de un sueño, sí, añadiré algo, pero con tus apreciaciones tendríamos más que suficiente para la reflexión de este domingo.
Voy a subrayar tres puntos, que son muy tangenciales, pero que tú completas con la reflexión que has hecho.
1ª - "Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos". Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo". Jesús se puso a caminar con ellos, como tu decías, como uno más del grupo. Quizás sintamos la tentación de juzgar a los discípulos de Emaús por no haber reconocido al Señor, pero creo que eso carece de importancia en este momento; hay muchos otros puntos a valorar, sobre todo el hecho de que hayan aceptado al forastero, al extraño como compañero de camino sin ningún tipo de rechazo, suspicacia o recelos, sino con toda normalidad.
Continuamente Jesús se pone a nuestro lado en el "otro".  No es necesario buscarlo, reconocerlo; fuera ansiedades y neurosis, es suficiente no rechazarlo. Él hará el resto.
- "Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron". Esta afirmación me intriga mucho. Cuando escuchamos: "tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio"  en seguida lo relacionamos con la Eucaristía, pero ellos no, era imposible. Era el primer día de la semana, el mismísimo domingo de resurrección, ellos no habían participado en la última cena de Jesús ya que esa, según los sinópticos y de manera indirecta también según San Juan, fue reservada a los "elegidos", a los apóstoles, a los Doce. De lo que había sucedido en el Cenáculo no tenían noticia. El discernimiento de la Fracción del Pan como Eucaristía, como presencia real del Resucitado entre los suyos, tardó tiempo en cuajar y fue imprescindible la intervención del Espíritu Santo en Pentecostés para comprender esta y otras muchas realidades de las enseñanzas de Jesús.
Entiendo que fue la manera o forma de hacerlo lo que les llevó a reconocerlo. Jesús  tiene una manera muy especial de hacer las cosas, que lo más nimio lo hace grandioso, lo más insignificante lo hace imprescindible, lo más humano lo hace divino.
Si hay algo que hoy me preocupa, amigo mío, es la tendencia a profanar lo sagrado, en el sentido más sencillo del término, es decir tratar las cosas o realizar acciones sagradas como si fueran profanas, cuando deberíamos hacer todo lo contrario: divinizar lo humano de tal manera que todos puedan detectar la presencia de Jesús en las cosas y en los gestos más corrientes y sencillos. Los discípulos de Emaús, reconocieron al Señor cuando Él tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, gesto que se repetía todos los días en todas las casas judías.
- Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén". Tenemos que hacer una composición de tiempo y de lugar: Jerusalén distaba unas dos leguas de Emaús, parece ser que algo más de once quilómetros actuales; se había hecho ya de noche, pues llegaron a la aldea al atardecer, habían cenado pausadamente porque continuaron la conversación/catequesis del camino, y, por supuesto, los caminos eran difíciles y muy peligrosos, pero cuando reconocieron el Resucitado olvidaron las dificultades del camino y sus peligros, olvidaron el cansancio acumulado por lo sufrido y lo andado y, en plena noche, vuelven a Jerusalén para comunicar su experiencia con Jesús el Crucificado, con Jesús al que creían muerto pero estaba vivo, con Jesús, el Señor, que había compartido con ellos un largo caminar.
Nadie, amigo mío, nadie que haya tenido la experiencia de encontrarse con Jesús, puede quedarse de brazos cruzados; sentirá una necesidad imperiosa de comunicárselo a los cuatro vientos, sin medir los riesgos y las consecuencias. Solamente tiene una meta: anunciar a todo el mundo que la tumba está vacía y Jesús resucitado.
Para terminar, como hacía casi siempre el discípulo, le pasó al ermitaño un folio con dos canciones:

QUÉDATE JUNTO A NOSOTROS,
(E. Vicente Mateu)
Quédate junto a nosotros
que la tarde está cayendo,
pues sin ti a nuestro lado
nada hay justo, nada hay bueno.
Caminamos solos por nuestro camino
cuando vimos a la vera un peregrino
nuestros ojos ciegos de tanto penar
se llenaron de vida, se llenaron de paz.
Quédate junto a nosotros
que la tarde está cayendo,
pues sin ti a nuestro lado
nada hay justo, nada hay bueno.
Buen amigo quédate a nuestro lado,
pues el día ya sin luces se ha quedado
con nosotros quédate para cenar
y comparte mi mesa y comparte mi pan.
Quédate junto a nosotros
que la tarde está cayendo,
pues sin ti a nuestro lado
nada hay justo, nada hay bueno.
Tus palabras fueron la luz de mi espera
y nos diste una fe más verdadera
al sentarnos junto a ti para cenar
conocimos quién eras, al partirnos el pan.
Quédate junto a nosotros
que la tarde está cayendo,
pues sin ti a nuestro lado
nada hay justo, nada hay bueno.

EL PEREGRINO DE EMAÚS
(Letra: Padre Esteban Gumucio, sscc.
Música: Andrés Opazo)
¿Qué venías conversando?
me dijiste, buen amigo;
y me detuve asombrado
a la vera del camino.
¿No sabes lo que ha pasado
allá en Jerusalén?
De Jesús de Nazaret
a quien clavaron en la cruz,
por eso me vuelvo triste
a mi aldea de Emaús.
Por el camino de Emaús
un peregrino iba conmigo
no lo conocí al caminar
ahora sí, en la fracción del pan.
Van tres días que se ha muerto
y se acaba mi esperanza.
Dicen que algunas mujeres
al sepulcro fueron al alba.
Pedro, Juan y algunos otros
hoy también allá buscaron.
Mas se acaba mi confianza
no encontraron a Jesús
por eso me vuelvo triste
a mi aldea de Emaús.
Hizo seña de seguir
más allá de nuestra aldea
y la luz del sol poniente
parecía que muriera.
Quédate forastero,
ponte a la mesa y bendice
y al destello de su luz
en la bendición del pan
mis ojos reconocieron
al amigo de Emaús.



viernes, 21 de abril de 2017

Gracias, Tomás.


Segundo Domingo de Pascua  A

Evangelio según san Juan,   20, 19 -  31.
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús,  se puso en medio y les dijo:
- Paz a vosotros.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:     
- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
- Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
- Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás:
- Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás:
- ¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
- ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Llegó el joven discípulo a la cueva del eremita. Como siempre había hecho los cinco quilómetros corriendo, y, como siempre en circunstancias similares, después de saludar al Maestro se retiró unos momentos al manantial para refrescar y quitarse el sudor.
El anacoreta se alegraba inmenso de tenerlo allí. La oración matinal de los domingos, compartida con su amigo  resultaba más profunda y emocionante. En muchas ocasiones había dudado de la autenticidad de estas emociones.
Como en años anteriores el joven no había subido el domingo de Pascua; su párroco, anciano y cura de muchos pueblos, lo necesitaba, y él, aunque añorando el encuentro con su también anciano amigo de la montaña, ayudaba en su parroquia a los oficios y procesiones propias de las solemnidades litúrgicas. Había subido, es cierto, la tarde del domingo, pero fue un encuentro lúdico; además de las felicitaciones pascuales el joven llevó al ermitaño una cesta con dulces que su madre había confeccionado ex profeso para el él: torrijas, buñuelos, arroz con leche y algunas exquisiteces más que el Maestro, poco habituado a  estas viandas, disfrutó a lo largo de toda la octava y compartió, además, con su amigo, el pastor, que como todas las semanas pasó por el lugar apacentado el rebaño.
En estas estaba cuando se acercó el discípulo, ya refrescado y más airoso que las amapolas en primavera y, como de costumbre, se sentó en el  poyo a la derecha de la entrada  y entró en el tema.
- Maestro, ya estamos otra vez en el segundo domingo de pascua y de nuevo nos encontramos con Tomás, el incrédulo ...
- Como sabes muy bien todos los ciclos litúrgicos ofrecen en este segundo domingo de pascua la doble aparición del Resucitado a los apóstoles en el cenáculo, la primera sin Tomás y la segunda con Tomás. Es un pasaje evangélico llenos de detalles y de riqueza.
Hace dos años he puesto el acento en la frase: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos". y te comentaba de manera un tanto jocosa, cuántas veces se habría arrepentido Jesús de haber dado a la Iglesia tanto poder que ha usado mucho para perdonar, pero también, con demasiada frecuencia, para retener.
El año pasado nos hemos parado en el término "shalom", paz, que el Señor repite bien tres veces en este texto. Era - y sigue siendo - el saludo usual del pueblo judío pero, pronunciado por Jesús, adquiere una fuerza y un significado más profundo y, me atrevo a decir, más ambicioso: Cristo con su resurrección da inicio a una nueva creación, pone en órbita un nuevo mundo, y esa creación y ese nuevo mundo llegarán a su plenitud cuando la humanidad entera conquiste la Paz. No hablo de la paz, ausencia de guerras o de la paz consecuencia del equilibrio de las fuerzas bélicas, sino de la Paz que brota del corazón del hombre y es capaz de transformar el entero universo. Amigo mío, cuando cada uno de nosotros  construye esa paz en su hogar, en su trabajo, en su entorno está anunciando y perpetuando en el tiempo la resurrección de Jesús.
Este año quisiera fijarme en la incredulidad de Tomás y darle las gracias...
- ¿Darle las gracias? interrumpió el discípulo.
- Sí, darle las gracias e intentaré explicarme. La semana pasada contemplaba yo la consternación de la Magdalena al encontrar el sepulcro vacío. Ella no estaba, todavía, pensando en resurrecciones ni en fantasmas, ni se le pasaba por la cabeza que su amigo Jesús estuviera vivo. Solo tenía una certeza, para ella amarga certeza, de que el sepulcro estaba vacío.
Cuando este ermitaño estaba en la sociedad como un ciudadano más escuchó en más de una ocasión expresiones como esta: "la resurrección de Cristo es un hecho prácticamente indiferente. Lo cierto es que los apóstoles y sus amigos estaban tan unidos a Él y tan imbuidos en su doctrina que para ellos seguía tan vivo en su memoria y en sus recuerdos que se sintieron  impulsados a extender y a perpetuar su mensaje.
 Amigo mío, también yo estaba muy unido a mis padres, tengo cada vez más viva en mí su presencia, su recuerdo y todo lo que, en su día, me enseñaron, pero sus sepulturas no están vacías. Aquí no caben ni bromas ni interpretaciones: CRISTO HA RESUCITADO de verdad. Aquí nos lo jugamos todo a una carta; ya Pablo lo comentó con todo el realismo que le distinguía: "si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe" (1ª Cor. 15, 14). Si Cristo no ha resucitado el cristianismo no es más que una bonita doctrina - ¡que es bonita! - con sus leyes, sus principios, sus valores, pero equiparable a muchas otras corrientes filosóficas, religiosas o místicas. Pero Pablo a continuación afirma para alejar cualquier duda: "Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto" (v. 20). La resurrección de Jesús da trascendencia a todo lo que somos y a todo lo que hacemos, ilumina y da sentido a nuestro presente y nos proyecta hacía el futuro.
El Maestro calló, pero el discípulo, incómodo, miraba al ermitaño esperando algo más. Como este permanecía en su silencio el joven intervino:
- Sí Maestro y gracias por tus palabras, pero ¿qué entra la incredulidad de Tomás en todo esto?
- Es un cabo o maroma más que afianza esta nave. Piensa un momento. Los apóstoles, según se nos dice en el libro los Hechos estaban cerrados, y atrancados, en el cenáculo por miedo a los judíos; llevaban unos cuantos días de angustia, miedo y desolación. Es, incluso posible que no hubieran comido ni bebido desde la última cena tenida allí mismo con Jesús. Se podría deducir fácilmente que en esas circunstancias  las visiones y alucinaciones serían lógicas. Pero Tomás había salido,  respirado aire puro,  entrado en contacto con la gente y, muy probablemente, comido satisfactoriamente en casa de algún amigo galileo u otro lugar apropiado, y ya no estaba propenso a tener alucinaciones; por eso, cuando le cuentan la visita del resucitado, sencillamente se niega a creer hasta que la evidencia del Resucitado en la segunda visita lo doblega y le obliga a creer muy a pesar suyo.
El sepulcro vacío que contempló la Magdalena y las llagas de las manos y del costado que vio y tocó Tomás son pruebas irrefutables de que Cristo ya no está muerto, sino vive.  Por eso me atrevo a decir hoy "Gracias, Tomás, porque tus dudas afianzan mi fe".
- Gracias, Tomas, dijo el discípulo haciendo eco a las palabras del Maestro.
Después del acostumbrado silencio meditativo, dijo el anacoreta:
- ¿Has preparado algún texto o canto para sellar este rato de oración?
- Sí, Maestro. Tengo dos para que elijas. Y le pasó un folio con estos dos canciones:

Creo Señor pero aumenta mi fe.
Creo, Señor pero aumenta mi fe.
1. Creo en Dios Padre todopoderoso
Creador del cielo y de la tierra.
2. Creo en Jesucristo su único Hijo,
que se hizo hombre y murió por salvarnos.
3. Creo en Espíritu Santo
y en la Iglesia Católica nuestra madre.

RESUCITÓ, RESUCITÓ,
RESUCITÓ, ALELUYA.
ALELUYA, ALELUYA,
ALELUYA, RESUCITÓ.
La muerte:
¿dónde está la muerte?,
¿dónde está mi muerte?,
¿dónde su victoria?
RESUCITÓ ...
¡Gracias sean dadas al Padre,
que nos pasó a su Reino
donde se vive de amor!
RESUCITÓ ...
Alegría, alegría hermanos
que si hoy nos queremos
es porque resucitó.
RESUCITÓ ...
¡Si con él morimos
con él vivimos,
con él cantamos:
Aleluya!
ALELUYA, ALELUYA,
ALELUYA, RESUCITÓ.
RESUCITÓ, RESUCITÓ,
RESUCITÓ, ALELUYA.


jueves, 13 de abril de 2017

El sepulcro está vacío.


PASCUA DE RESURRECCIÓN.

Evangelio según san Juan, 20, 1 - 9.
    El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:
- Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Era la madrugada del domingo de resurrección.  El ermitaño apenas había dormido un par de horas. Sólo, pero en comunión con toda la Iglesia había vivido intensamente el Triduo  Pascual; su particular vigilia  había terminado a las 2,30 horas y ahora, dos horas más tarde allí estaba en la soledad de la montaña para vivir el acontecimiento histórico y diariamente renovado de la resurrección del Señor. Parece que toda la naturaleza se había organizado para acompañar al hombre de la montaña en su fiesta pascual:
* no tenía incienso, pero toda la montaña olía a tomillo, romero y lavanda, y las flores silvestres, que con sus múltiples colores configuraban un enorme e interminable tapiz, coronaban con sus fragancias este crisol de aromas;
* no tenía órgano ni guitarra ni una renombrada coral, pero todos los pajarillos de alrededor se habían conjurado para cantar - ¡oh maravillosa sinfonía! - al despuntar los primeros rayos del amanecer;
* no tenía cirio pascual, ni candelas, ni grandes iluminaciones que indicaran simbólicamente que Jesucristo Resucitado es la luz que ilumina este mundo triste y cansino, harto de dolores y siempre esperando, pero mirando  al  cielo  contempló como las estrellas,  organizadas en constelaciones, y también alguna despistada que vagaba sola por el horizonte, brillaban aquella madrugada con mayor intensidad. Pudo identificar  - y  saludó con un gesto de manos como cuando descubres a lo lejos  a un amigo para que pueda verte e identificarte -  la Osa Mayor  la Osa Menor, Tauro, Orión  y Leo,  Escorpio, el Can o Perro Mayor, Casiopea, El Boyero y la Cruz del Sur, Acuario y Géminis. Desafiando en brillo y en luminosidad estaba la estrella polar que aventajaba no solo a sus hermanas de la Osa Menor sino a todas las estrellas del firmamento. Y allí, cercana pero humilde,  atenta pero discreta, estaba ella, la Señora, la que siempre nos acompaña en las tinieblas de nuestras noches, la Luna que parecía decirle: "¡Tranquilo! nunca te abandonaré, te apoyaré en tus calvarios como, dolorosa pero impertérrita, iluminé con mi presencia aquel día el calvario de Jerusalén".
Todo, absolutamente todo, participaba aquella mañana del gozo del ermitaño.
Otra madrugada como esta, pero de hace casi veinte siglos, una mujer, también sola según la versión de San Juan, se dirigió al huerto de José de Arimatea para rehacer el tratamiento propio que se aplicaba a los difuntos. Ya lo habían hecho el susodicho José de Arimatea y Nicodemo, pero María Magdalena no estaba tranquila; lo habían hecho a prisa y corriendo porque se acercaba la puesta del sol y todos tenían que realizar muchas cosas antes de que eso sucediera y además, ¡caramba! eran hombres y estas cosas solo las hacen bien las mujeres.
... Y EL SEPULCRO ESTABA VACÍO. Esta es la gran sorpresa y la gran revelación. María todavía no ha percibido la resurrección pero constata que el sepulcro está vacío. Después lo verá resucitado, hablará con Él e intentará abrazarlo, pero primero descubre  con dolor y consternación que el sepulcro está vacío.
Desde siempre hay quienes afirman que las visiones de Cristo Resucitado son fruto de alucinaciones, desvaríos u ofuscamientos, o, aún peor, de un complot de sus discípulos para perpetuar la doctrina de un forajido (Cfr. Mt. 27, 62 - 66), pero el sepulcro estaba vacío; lo vieron María Magdalena primero, Pedro y Juan después. Allí ya no había muerte ni podredumbre, sino una sábana perfumada tendida y un sudario cuidadosamente colocado en un lugar cercano. Esta es la verdad.
La Resurrección de Jesús es todo para el creyente, pero, pensaba el ermitaño, hoy urge más que nunca participar en su resurrección: abrir los sepultos de tantos hermanos soterrados bajo las pesadas losas de la pobreza, de la incultura, de las varias dependencias y esclavitudes, de la incomprensión, de la marginación, de la emigración, de las calumnias y difamaciones. Hay que hacer rodar estas losas para evitar que se pudran en esos sepulcros. Solo resucitando a los hermanos seremos merecedores de nuestra propia resurrección.
Cuando los pájaros callaron y se fueron cada cual a su menester el ermitaño se puso a cantar a media voz:
Hoy el Señor resucitó
y de la muerte nos salvó.
¡alegría y paz, hermanos,
que el señor resucitó!

Porque esperó, Dios le libró
y de la muerte lo sacó.
¡alegría y paz, hermanos,
que el señor resucitó!

El pueblo en Él vida encontró;
la esclavitud ya terminó.
¡alegría y paz, hermanos,
que el señor resucitó!

La luz de Dios en Él brilló,
la nueva vida nos llenó,
¡alegría y paz, hermanos,
que el señor resucitó!

Con gozo alzad el rostro a Dios,
que de Él nos llega la salvación.
¡alegría y paz, hermanos,
que el señor resucitó!

Todos cantad: «¡Aleluya!».
Todos gritad: «¡Aleluya!».
¡alegría y paz, hermanos,
que el señor resucitó!

Después de un largo silencio y quietud de meditación el ermitaño salió afuera. La luna que durante toda la noche había brillado con todo su esplendor terminaba su periplo y se decidía a retirarse. Contemplando su silueta el hombre de la montaña, a media voz, como si quisiera no despertar lo que estaba sobradamente despierto, proclamó:
Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.
Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables 
unió con nueva alianza.
Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.
«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza
Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»
Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.